QUEDARNOS A CIEGAS

 

 

 

En el lenguaje del amor

no hay diccionarios que valgan, 

ni connotaciones difíciles, 

ni discursos que matan. 


Tampoco hay peros, 

y por haber no hay 

ni ciencia que explique 

la salvaguardia que tienes

            -con ese poder

             y ese misterio que rondas- 

la dificultad de desafiar mis silencios,

abstener mis instintos, 

arrebatarme las noches,

los días contigo.


No hay soluciones que razonen 

porque esta poesía 

    quema y abrasa mi cuerpo,

este cuerpo que tú tocas

y naufraga sobre tus mares 

cuando ni siquiera yo

           he llegado a alcanzar tus pensamientos, 


en esta fragilidad tan dulce

           -tan tuya-

que abarca mi pecho

y te caracteriza,

y te corona como rey 

           de cualquiera de mis batallas 

por no ser más que tu voz 

casi casi la culpable 

        de darle ritmo a mi corazón. 


Y me gustaría entenderlo,

enserio, 

entender este idioma

que habla desde nosotros;


desde este calor palpable, 

desde esta piel desnuda, 

desde esta mirada firme,

desde este sueño 

           que despierta tus mañanas, 


desde este universo que sacia

el ardor que deslizas 

              sobre el apogeo de mis dedos, 

el color de tu aroma mezclado 

con el majestuoso auge de tu sombra

que hace de ti algo todavía más confuso; 


              un cuadro de Van Gogh, 

              un poema de Mistral,

              un texto de Defreds, 


un amanecer gris 

          teñido de esperanza, 

horas enemistadas 

               con segundos que imploran, 

futuros que asoman sobre tu espalda 

                cuando me besas… 

 

 

 

 

y con ello resulta imposible 

tener que quedarnos a ciegas.  

 

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