YO NO TE ELIJO A TI, YO ME ELIJO CONTIGO
Yo no te elijo a ti,
yo me elijo contigo,
nunca he dudado de ti
y desde entonces
nunca me he fallado.
Pasan los días,
los meses,
los años,
y tu mirada
va penetrando
más constante
-e inconsciente-
en este lugar
de recuerdos y olvidos.
Miro hacia atrás,
repaso conmigo
aquellas huellas
que contemplaban mi cuerpo,
que despertaban el insomnio,
que esclarecían la oscuridad
de mis sombras…
y me doy cuenta
de que esas huellas
en realidad
eras tú;
tú que me seguías,
que aclamabas mi pecho,
que construías castillos
con mis paredes endurecidas
de tanto abandono,
que llenabas de cimientos
mis silencios impenetrables
y deshacías
el cariño
que suponía
la costumbre
de querer odiar
-y quererse odiando-.
Mitigaste la pena,
regaste mis flores
con una calma infinita
que ahora implora
estos ojos apacibles
de tanto caer
en forma de lágrima.
Llegaste
y mi vida
empezó a escribirse
algo así
cómo la poesía,
me hablaste
y tu voz sonó algo así como
la banda sonora
que dió espacio a mis latidos,
me quisiste,
te quise,
y el mundo entonces cobró
más sentido
y menos miedo,
mis cristales
cobraron su deuda
al hallarse perdiéndose
que no perdidos,
y la soledad curó la herida
de un dolor insostenible
que a día de hoy
ya no escuece.
Pero todo eso
comparado
con el refugio que implica
desnudarse en tus defectos
es mucho más pequeño;
rodear tu cintura
es transformarme a mí y a mis manos
en un ave fénix
que despliega sus alas sobre tu tristeza,
volando por encima de cualquier nube
que pueda interponerse ahora
en tu camino,
y ganar contigo
pasa a convertirse
en obra del destino,
un destino que
más que voluntario
ha sido escogido…
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